Vivir del aire

Publicado en Diario de Noticias de Álava el miércoles 3 de abril de 2019

Hace años las gasolineras se llamaban estaciones de servicio y hacían honor a su nombre. Te recibían al pie del coche los operarios aquellos con esas carteras de cuero repletas de billetes atadas a la cintura. Venía el mozo mientras echabas la súper y te limpiaba el cristal. Te cerraban y abrían el tapón, y te daban amablemente los cambios cuando abonabas tu “consumición”. ¡Hasta había quien daba propina! Luego, sobre todo cuando íbamos a salir de viaje, se acercaba uno al manguito con el manómetro y se ponía a hinchar las ruedas. Pero nos fuimos haciendo modernos, y puede que malvados. Las tarjetas se comieron los billetes. Eso, y el deseo que despertaba el fajo de papel que llevaban los expendedores en faltriquera, las hizo terminar por desaparecer y aparecieron las cajas. Y las tiendas. Las cintas de Camela dejaron paso a las chocolatinas de diseño y los surtidores parlantes reemplazaron a los operarios humanos. Ya nadie te limpiaba el cristal a golpe de manguera. Para eso tenías los túneles de lavado y las casetas con pistola y jabón a golpe de moneda. Los operarios hacían lo mismo de cajeros que de reponedores de estanterías y hasta de cuando en vez echaban un litro que otro. Y la cosa es que, entre pitos y flautas, la gasolina se nos iba poniendo por las nubes. Los pitos son lo del petróleo, que siempre que sube en el pozo sube en el surtidor, pero cuando baja, el gozo se queda en el pozo. Las flautas son el efecto euro,

ese por el que hemos pasado de pagar 130 pesetas a pagar 1,30 € , que aunque parece lo mismo es así como el doble y la mitad. Es la modernidad. Hasta enchufes de pago nos están empezando a poner para recargar el móvil y el automóvil. Y claro, tanta brisa de renovación tenía que tener su precio, y ya ni el aire es gratis, hay que echar moneda. Ellos viven del aire y nosotros cada vez con más ahogos.

 

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