Lengua de signos

Publicado en Diario de Noticias de Álava el miércoles 6 de febrero de 2019

Es fácil encontrar sitios dónde aprender la lengua de signos. Incluso hay quien desde hace tiempo propugna su inclusión como una asignatura más en los colegios, y más aún, hay colegios dónde ya se hace. Hablamos de esa lengua que nació como vehículo de comunicación entre personas sordas, y de cuyos beneficiosos efectos sobre la mente de cualquier persona hay numerosos estudios y testimonios. Podríamos pensar que la cuestión no nos afecta en tanto que ni estamos sordos ni tenemos en nuestro entorno cercano personas que lo estén. Pero es fácil darse cuenta de que, en muchos momentos y situaciones de nuestra vida, la cosa de oír no depende sólo de nuestros oídos. ¿Quién no ha terminado alguna vez en su vida con la oreja sospechosamente húmeda de tanto tenerla que acercar a la persona con la que trata de hablar en una discoteca? ¿Quién no ha pagado con una profunda afonía las voces que ha tenido que dar para hacerse oír en una verbena o en algún fiestón? Pero diré más. Los cursos estos de que hablaba, que son voluntarios, hay oficios en los que estaría bien que fuesen obligatorios. Me di cuenta el otro día cuando prácticamente todo el barrio sabíamos perfectamente dónde tenía que dejar la plancha de hierro el palista. Todos menos él. ¡Vaya voz la del capataz! Como me dijeron en cierta ocasión en que fui a dar una charla en Rioja Alavesa, “¡ya valías tú para cantar jotas!” Y el pobre palista en su cabina, insonorizada para mejor soportar el ruido que provoca su máquina, mirando al capataz abrir la boca y ponerse rojo, y la chapa de un lado para otro. Y el pobre que no acertaba, y las voces del otro in crescendo. Y esto no es que pase un día, pasa muchos, y piensa uno que llegados a este punto todos estamos un poco sordos, sobre todo a la hora de escuchar los consejos que nos dicen que, en cuestión de lenguas, ninguna sobra.

 

Leave a Comment

Límite de tiempo se agote. Por favor, recargar el CAPTCHA por favor.