Yo no me llamo Javier

Publicado en Diario de Noticias de Álava el domingo 22 de enero de 2017

Yo no me llamo Javier, aunque Javier me llame. Me lo recuerdan cada vez que me llaman por mi nombre. Se abre una puerta y se oye: Francisco, y me pasa lo mismo que a muchas que no se llaman María aunque por María les llamen. No me reconozco. Son nombres impuestos por el nacional catolicismo. Y por más veces que nos ocurra ni Marías ni Franciscos nos acostumbramos.

Los nombres de las calles son otra cosa. Están más en la costumbre que en la placa. Nunca en mi casa existió Calvo Sotelo, ni Carlos VII, ni Jose Antonio. Eran Francia, Florida o Prado. Hasta Manuel Iradier era simple y llanamente la calle del Sur. No es que fuésemos especialmente rojos ni rebeldes, es que éramos de Vitoria. Además, los nombres de las calles despersonalizan al que los ocupa. Bien lo sabía Aresti cuando pedía que no pusiesen su nombre a una calle. “No quiero que un barbero borracho pueda decir:/yo vivo en Aresti con la cuñada/vieja de mi hermano. Ya sabes. Con la coja”. Poco caso le hicieron si miramos nuestros callejeros.

Y hablando de callejeros aquí andamos dejando las aceras y metiéndonos en jardines. Que hasta peligra la calle del titular del panteón donde reposa también mi amigo y maestro Luis. Y el caso es que puestos a cambiar nombres de esos impuestos, tengo yo la sensación de que muchos Franciscos y Marías, de esos de los bautizados cuando el registro civil se fraguaba entre despachos y parroquias, agradeceríamos que nos los quitasen por ser lo que son, recuerdo y resultado de una dictadura. Porque para lo demás, y eliminados ya algunos casos sangrantes, que más le dará al barbero vivir con su cuñada la coja en Aresti o en Abreu. Eso sí, cuando queramos honrar memorias olvidadas, no me hagan como con mi bisabuelo Jorge Fernández Ibarra, que tiene calle corta, lejana y tan vacía que por no tener no tiene ni cuñada ni barbero que le nombren.

 

 

 

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