Deuda de honor (The homesman)

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Ayer llovía en Vitoria. Amenazaba nieve incluso. Buen momento para ir al cine, pensé, y en la pantalla nevó lo que en la calle no nevaba.

Si uno ve el cartel uno cree que va a ver un western. Y puede que lo sea. Pero podría también ser una road movie. Es en todo caso un western de heroísmo duro y humano. Un western con esa carga de heroísmo abstracto, en la que los tipos duros no son artistas del honor sino artesanos del compromiso. Gente con más pragmática que retórica. Una historia dura y bien contada, cargada de gente peculiar a la que vas conociendo y hasta cogiendo cariño. Tiene chispas de sonrisa y ráfagas de dolor, casi estupor. Narrada con sobriedad, a lo ancho de la pantalla, en la que se extienden los paisajes duros e inhumanos.

La historia es sencilla. Estamos en los duros tiempos en los que la colonización europea en Estados Unidos iba avanzando hacia el oeste. La frontera de la civilización estaba entonces entre Iowa y Nebraska. Nebraska era un territorio hostil en el que los pioneros sobrevivían en patéticas condiciones, víctimas de fríos, enfermedades, hambrunas y hasta incluso de la locura de la soledad en medio de un desierto habitado por matojos. Los hombres prometían a jóvenes venidas de Europa un futuro venturoso y cargado de riquezas y ya casados se adentraban en estas tierras y terminaban encerradas en una chabola asquerosa en un mundo de perros. En una comunidad tres de ellas enloquecen. Una joven y peculiar soltera, con la cabeza aparentemente bien amueblada, es la encargada de conducirlas de nuevo hasta la civilización para tratar de salvarlas. En su viaje encontrará un peculiar compañero que, forzado por las circunstancias en las que se produce su encuentro, se verá en la obligación de prometer acompañarla. A partir de ahí el viaje, los peligros, las anécdotas, las tragedias… la película. Y como decía, todo narrado con un pulso duro, pero humano. Sin evitar los momentos cotidianos, haciendo empatizar con las duras condiciones de la vida de aquellos humanos, hombres y mujeres, que avanzaron, con menos glamour que el que nos mostraron los westerns primeros, sobre la tierra de los indios.

Tommy Lee Johnes está grande, pero ella, Hillary Swank, está inmensa, tanto la actriz como el personaje al que da vida. Eso sí. Verla en versión original tiene que ser sublime, porque así como el doblaje de ella, no sé si es fiel, pero si convincente, y el de él es, digamos, estándar, hay algunos secundarios que son lamentables, para empezar el del primer actor masculino que sale en pantalla. Dan ganas de levantarse e irse, pero no lo hagas. La película merece la pena ser vista hasta su final… que no es el de la historia.

 

 

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