#LTdA 2. El hábito no hace al inquisidor

#LTdA (Las Tesis de Agosto)

Cuando te cierran la boca poco importa el color de la tela que cubre la manga del que te amordaza, porque el hábito no hace al inquisidor, lo que le hace inquisidor es su empeño por callarte..

No es un debate nuevo, aunque parezca ultimamente que hablar de ciertas cosas, o de ciertos autores de esos cuyas citas no salen en cursiva sobre fotos de atardeceres, es de pronto redescubrir la pólvora. Esto, ya de por si, indica básicamente dos cosas: Una, que los problemas y las controversias son más viejas de lo que suponemos a pesar de lo a gusto que nos quedamos inventando nuevas palabras para tratar de cuitas viejas. Dos, que el ignorante egocentrismo de nuestros días hace cada vez más necesario recuperar lecturas no tan viejas a pesar de que tendamos a pensar que antes del Whatssap o del facebook, del linkedin, del twitter o incluso del Instagran, no había vida ni por supuesto conocimiento.

Hubo un tiempo en que el autoritarismo, esa cosa tan fea que es posible gracias a la coexistencia de dos colectivos, uno pequeño que manda y uno grande que obedece, era patrimonio de la derecha. Del autoritarismo teorizó allá por los años 20 Erich Fromm. Sobre la forma de medirlo y evaluarlo intentado incluso predecir sus consecuencias investigaron allá por los cuarenta en Berkeley un grupo de académicos bajo la dirección de T.W. Adorno. De ellos nació la escala F, y a ellos les llovieron no pocas críticas por asociar el autoritarismo a las derechas. El debate estaba servido. ¿Es patrimonio de las derechas? ¿Hay autioritarismo de izquierdas? o incluso yendo un paso más allá… ¿tiene el autoritarismo algo que ver con las derechas y las izquierdas?

En esta polémica terciaron Eysenck , Rokeach, y más recientemente Altemeyer. Un tema interesante sobre el que existe buena y variada bibliografía. No es aquí el momento de aburrir analizándola sino de incitar citándola. (Por citar una fuente compilatoria valga este volumen editado por la UOC bajo el título “Psicología de las relaciones de autoridad y de poder“).

A lo que voy es a que en definitiva, y es algo sobre los que muchos deberían reflexionar, los comportamientos inquisitoriales, los que demonizan al que piensa diferente, ya sea total o parcialmente, poco tienen que ver a menudo con la esencia de lo que se defiende, sino con la manera en la que se asume como propio y se defiende frente al resto. El pensamiento libre huye de etiquetas colectivas que lo aprisionen. Da igual el color de la etiqueta. Lo que importa es el tamaño. Por grande que sea la etiqueta siempre tiene una extensión limitada, y eso no es lo malo. Lo malo es que los mediocres que se la pegan son incapaces de entender que hay vida más allá de la extensión de las etiquetas que ellos llevan.

De los que citaba antes, Altemeyer, allá en los años 80 caracteriza el comportamiento autoritario como aquel en el que se dan tres circunstancias: la sumisión que hace percibir a las figuras de las que parte la autoridad como legítmas; el convencionalismo, que hace adherirse con pasión desmedida a los valores y creencias percibidas como aceptadas por la autoridad previamente asumida como legítima, y finalmente la agresividad autoritaria, que se ejerce contra quienes no acatan los valores y normas en su totalidad e integridad, lo que es percibido como un ataque a la totalidad del sistema, por lo que la defensa agresiva e incluso desmedida es percibida por quien la ejecuta como del gusto de la autoridad aún cuando esta no invoque explicitamente la necesidad de ejercerla. Es lo que diríamos en lenguaje llano la tendencia de las masas a ser más papistas que el papa, lo que se traduce en la práctica del linchamiento multitudinario al enemigo indefenso o solitario, sea o no culpable, sea o no enemigo.

Estos comportamientos que acabo de describir la gente enseguida los asocia a los nazis, a los stalinistas rusos o a los maoistas camboyanos. Pero pocos son los que se dan cuenta de que esa tendencia a asumir la autoridad moral de ciertos gurús, de la política, la ecología, el medio ambiente, o lo que sea, adhiriéndose de forma incondicional a un corpus de valores y creencias a menudo limitado y sin matices, y defendiéndelo a capa y espada frente al discrepante sin pararse a calibrar el origen, valor, sentido, alcance e incluso legitimidad y fundamento de la discrepancia, atacando a quien no ya es que lo cuestione, sino incuso a quien no lo asume de forma explícita, con un alarde de palabras y actitudes para nada exentas de agresividad, empieza a contaminar incluso a las causas inicialmente más nobles, a aquellas que menos debieran de poder confundirse con los tics autoritarios de que adolecen de forma consciente. Y esto me vale lo mismo para quien niega la posibilidad de tocar a un grupo porque no condena el terrorismo de ETA como para quien hace lo mismo con un cantante porque no condena al estado de de israel, por poner un ejemplo cercano. De la manera que tienen unos y otros de defender sus posturas frente a temas como la relación con los animales, la diversidad sexual, el aborto, las desigualdades etc. etc. ya iremos tratando. Ahora vamos dibujando el contexto.

Cuando tengo que pensar dos, tres y cuatro veces si lo que voy a escribir es políticamente correcto, con independencia de lo legitimamente defendible que sea, incluso de la parte de verdad que pueda tener, y todo ello para evitar el riesgo de acabar siendo víctima de linchamientos mediáticos, por muy dos punto cero que sean, sufro de facto el brazo de la inquisición, me da igual que sea rosa, verde, roja o de todos los colores del arco iris. Igual que sufro la inquisición cuando me amordazan los manguitos de la magistratura, el azul de la policía o el verde aceituna uniformado. El hábito no hace al inquisidor, lo que le hace inquisidor es su empeño por callarme.

 

 

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