Autocomplacientes

La gran pregunta del nuevo milenio es básicamente una… ¿cómo es posible que no haya una revolución con la que está cayendo? Se dan las circunstancias necesarias y además resulta que cíclicamente toca. La última fue la rusa y pronto hará cien años de aquello.

Y sin embargo aquí estamos todos tan tranquilos. ¿Por qué? Hay quien dice que es gracias a los abuelos, que con sus pensiones mantienen el sistema dentro de unos límites de presión razonable. Hay quien afirma que es gracias a que somos gilipollas, y seguimos pensando que esto pasará y volveremos por nuestros fueros. Hay quien sostiene que la evolución humana nos va acercando al ser superior, y superada la fase de las violencias animales nos hemos civilizado por fin y no hacemos revoluciones porque tenemos medios suficientes para solventarlas con prudencia.

Y el caso es que tengo la impresión de que lo que está frenando la revolución no es otra cosa que la autocomplacencia. Cuando miro la historia y la comparo con el presente, descubro que se dan las circunstancias ambientales necesarias y que la actitud de los poderes y los grupos sociales que los sustentan es tan arrogante o más hoy en día que lo que fue en la rusia zarista, en la francia borbónica, la norteamérica naciente y hasta en la Segunda República. ¿Qué es lo que cambia entonces? Pues muy sencillo, que quienes debieran estar liderando la revolución y conspirando contra el poder en los sótanos y en los montes son enormemente autocomplacientes con sus grandes logros que son ninguno, por otra parte.

Así les ocurre a los medios de comunicación progresista. Montan una mesa redonda, hacen un programa de investigación, uno de denuncia, incluso asoman por sus pantallas un humor mordaz…. y todos tan contentos, eso sí, sentados en el sofá o en el suelo según vayan los embargos.

Así les ocurre a los tertulianos y analistas. Se peinan, se maquillan, salen por los medios dicen cosas ingeniosas, se indignan, a veces dan incluso un golpe a la mesa y se vuelven a su casa bien pagada autocomplacidos por su audacia.

Así les ocurre a muchos partidos, lo que es normal si consideramos que a fecha de hoy el objeto prioritario de un partido es lisa y llanamente mantenerse y crecer como partido. Suben al estrado, del parlamento o de la sala de prensa, leen las notas del fontanero creativo y reciben complacidos las palmadas en la espalda de su camarilla. Pero lo que es más grave, así les ocurre a muchos movimientos sociales que se presentan como alternativos para replicar lo mismo que hacen aquellos a los que pretenden alternar. Hacen su performance, salen en el telediario, son los dioses de la rebelión 2.0, y se vuelven a su casa, pagada u ocupada, autocomplacidos de las frases tan brillantes que dejaron en el facebook, los tuits tan dramáticos sobre los porrazos de los maderos y lo guay e inteligentes que quedaron sus protestas.

Se quieren tanto a si mismo, y tanto se gustan que al final se vuelven todos y cada uno a casa satisfechos con la imagen que de si mismos les devuelve el espejo. Pero si limpiasen los unos y los otros el azumbre y convirtiesen el cristal del espejo en ventana, se darían cuenta que los tiempos no están para gustarse sino para disgustarse, no para maravillarse de lo guay que somos sino para ver la manera de organizarnos para darle la vuelta a esto. Menos autocomplacencia y más revolución.

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