Uno más…

Hoy es noche de reyes, y metidos como estamos en estos días de deseos y de sueños, a uno le gustaría que fuese también el ocaso de los reyes. Magos bien, pero majos y campechanos como que no, les hagan las entrevistas Hermida o su porquero. Es curioso que tras un buen año para los republicanos europeos, de los norteamericanos ya hablaremos otro día, la estrategia de comunicación y relaciones públicas de la casa real atente en el fondo contra la propia esencia de la monarquía. Si fuese de la familia yo creo que me estaría diciendo aquello de… “cuerpo a tierra que vienen los nuestros”.

Veamos… en el fondo y por decirlo de forma sencilla y sintética la estrategia se basa en el concepto “uno más”. El rey es como nosotros, y su hijo también. Su familia tiene los mismos problemas que una familia normal. Trabaja como los demás, arrima el hombro como los demás, y todo lo hace y lo hacen con modestia y humildad, como uno más. Pues bien… acabamos de subvertir el concepto mismo de monarquía hereditaria, me da lo mismo que sea parlamentaria o no.

El rey no es uno más, es el rey. Y lo es porque es distinto, y es distinto desde el momento mismo de su concepción. Es distinto porque es hijo de quien es. Nace distinto y vive distinto. No es un hombre. Es un príncipe que se convertirá en rey. Si fuese uno más tendría que forjar su destino, con más o menos ayuda de las ventajas o la herencia que pueda otorgarle nacer en una familia y no en otra.

Un ciudadano normal, un súbdito tiene el inconveniente de no ser príncipe, pero la ventaja de poder decidir muchas cosas en su vida. Un rey no. Es lo que tiene el cargo. Sus derechos divinos y sus prosaicas obligaciones. Si quiere vivir como uno más que lo sea, y si no que peche con el peso de la corona hasta que se nos avive el seso y seamos capaces de quitarle tal “condena” para ser todos uno más.

 

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