Obélix está triste

Cerca de 2.000 años han tardado los servicios secretos romanos en conseguir que su labor dé los frutos esperados. El gran niño que cayó en una marmita y salió siendo un superhombre, es, y ha sido siempre, baluarte y referencia de la aldea gala que resiste al invasor, y por extensión, de todo aquello que suene a rebelión y a no aceptar que nadie pueda romper la unión, fortaleza de los “débiles”, frente al poder homogeneizador.

Lo intentaron los romanos con cizañas, adivinos, con el dorado oropel del capitalismo, con amores imposibles y hasta con pictos, extraterrestres y atlantes. Pero no pudieron, aunque bien pudiese ser que hubiesen podido, pero tan tarde que no tuvieron tiempo de ver y comprobar sus efectos.

Ahora, que los nuevos álbumes provocan disparidad de opiniones sobre la innovación y calidad de sus guiones, ¡qué buen argumento sería el que nos brinda la extensión por todo Europa de la PPA (Peste Porcina Africana) usando como correa de transmisión a los jabalíes! Los pobres, sin comerlo ni beberlo, o precisamente por comerlo, han pasado de ser peligrosas alimañas, aptas tan solo para para solaz gastronómico de Obélix, a ser, como jinetes del apocalipsis, portadores de exterminio cuyo destino es ser sacrificados por la salud universal e incinerados en el ara de las pandemias.

El guion está claro. Los servicios secretos del César trabajan en un germen capaz de hacer incomestibles a los jabalíes, forzando así un eterno ayuno, o al menos un cambio de dieta en las costumbres de Obélix. Comiendo bacalao como consuelo, el guerrero bajo de vientre entristece. Ya no le motivan las aventuras de su amigo, los mamporros a los romanos, ni tan siquiera la supervivencia de su aldea. Preocupados por el asunto y con la mosca detrás de la oreja, Panoramix, el jefe y Astérix, ponen manos a la obra y, tras grandes investigaciones, dan con el origen del germen. A golpe de poción destruyen el laboratorio y acaban con los patógenos. ¿Con todos? Pues no. Aunque no se den cuenta, en las ruinas que abandonan, un pequeño germen resiste encapsulado. Años más tarde, entre la deforestación y una gran tormenta, ve de nuevo la luz el germen dormido y retoma la tarea para la que fue programado: acabar con los jabalíes. El César ríe en su tumba bajo el peso de los cuchillos, y la aldea se extingue sin fuerzas para resistir al invasor. Ya no queda ni un triste Obélix que la defienda.

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