A veces vemos en las esquelas esas caras con las que cruzábamos sonrisas de ida y vuelta. Caras que ya no veremos. Caras de personas con las que mucho trato no tuvimos, y que, si no lo impedimos, con el tiempo olvidaremos. Se nos van llenando las celdas en el panal de los recuerdos, y no de miel, sino de hiel. Por eso es bueno endulzar los ecos de la ausencia con unas pinceladas de cariño.
No se trata de hacer una semblanza completa, ni de escribir una homilía de exequias. Se trata tan solo de componer un modesto elogio fúnebre.
Fernando Martínez – Fortun Calvete vivía en la calle Nueves Cano. Con su gorra, su bastón y su mujer siempre al lado, era fácil verlo paseando. Con su aire discreto y educado, sonreía como sólo los hombres buenos saben.
Había algo en él que despertaba ternura y amargura. Era tierno ver el amor con que cuidaba el alcorque frente a su portal. Lo cavaba, ponía flores, las regaba y todo con sus herramientas. Provocaban mi amargura los insensibles e inhumanos enemigos de la dicha de los buenos, que dedicaban las noches a reventar su trabajo y el cariño con que lo hacía. Su paciencia, como su bondad, era infinita, y volvía una y otra vez, dejando atrás la tristeza, a sonreír mientras compartía con el barrio la belleza con la que quería alegrarnos.
Que triste es ver cómo se nos van los hombres buenos que discretos quieren mejorar el mundo, mientras los cabestros que todo lo destruyen siguen por ahí asolando lo que son incapaces de entender y de crear ya ni hablamos.
P.D.- Fernando Martínez-Fortun Calvete falleció en Vitoria-Gasteiz (Álava), el día 9 de noviembre de 2025, a los 93 años de edad.