Lanzas rotas

Publicado en Diario de Noticias de Álava el domingo 28 de enero de 2018

Esto de las redes sociales o del cibercotilleo en que vivimos se nos está yendo de las manos. Se nos había ido ya antes, cuando los líderes de opinión eran los que hablaban más alto en la barra del bar. Pero lo preocupante es cuando los informadores se contagian y se convierten en altavoz de “lo que se oye por ahí”. Porque eso es curioso también. Tan obsesionados que andamos con el género en la cosa del lenguaje y como descuidamos la cosa de la persona, y decimos “la gente dice”. Pero, ¿quién es la gente?

Yo tuve un médico de cabecera. Un médico de familia que diríamos hoy. Muchos años lo tuve. No sólo era mi médico. Era mi vecino. Vivíamos puerta a puerta con una carretera por medio. Yo le ponía cafés. Él me ponía remedios. Gran profesional. De los que te hacen sentirte orgulloso de un tinglado como Osakidetza. Simón se llama el gran galeno. Un tío cabal, íntegro, gran profesional y mejor persona. Y ahí está, de pronto, en el disparadero. Y claro, al que se le pone en el disparadero se le dispara. Pim, pam, pum. Y yo, como me dicen a menudo, haciendo amigos.

Es cierto que en Vitoria, la ciudad en la que vivimos, si un médico no te gusta te cambias a otro, mientras que en nuestros pueblos tienes un doc para mucho territorio y, como se decía jugando a los dados, sin poderte cambiar. Es cierto sí, pero también lo es que aunque podamos, y de hecho lo hagamos, no se yo si es de buenos cristianos coger y echar a alguien con nombre y apellidos a los pies de los caballos. Sin querer hacer daño, ya, pero a los pies de los caballos. Y las redes pescando y los medios mediando. Y detrás de todo una persona. Ejecutada sin juicio previo, una más. Linchada sin miramientos a cuenta de terceros, haya pruebas o no, haya delitos o no, lo mismo da, hay que vender. Es lo que dice “la gente” y dicho está, y yo haciendo amigos, como siempre.

 

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