La comunidad

Publicado en Diario de Noticias de Álava el domingo 3 de diciembre de 2017

Hubo un tiempo en que vivir cerca unos de otros era algo más que una cuestión de espacio. Era crear comunidad, hacer sociedad y en definitiva este compartir trabajos era, fue y será, el mecanismo de supervivencia que como especie teníamos, tenemos y tendremos los humanos. Sudar juntos, dividir tareas, salir adelante entre todos. Poquita cosa somos cada uno, cierto es, pero cuando juntamos los poquitos, las cosas crecen y no hay escala que valga, sólo el deseo de que prospere tu gente y saber que eso únicamente es posible si te apoyas en los demás y les sirves de apoyo a la vez.

Si cada uno barre la puerta de su casa la calle está limpia. Lo mismo da que tenga un portal que cien. Lo que importa no es el tamaño, sino el compromiso. Si tenemos que limpiar la fuente, el río o el camino, podemos hacer una vereda, un auzolan o como lo quieras llamar. El concepto es el mismo, somos comunidad y lo demostramos trabajando para nosotros mismos. Porque hablamos a veces de esas costumbres de nuestros pueblos, de las de sacarnos entre todos las castañas del fuego, como de cosas arcaicas y obsoletas, mientras pagamos la derrama de la factura del que nos ha cambiado las bombillas de la escalera porque somos incapaces de hacerlo entre todos los vecinos, y somos unos cuantos.

Y no es una cuestión de ahorrar dinero como persona, comunidad o sociedad, que también. Es una forma de hablarnos, de poner en valor lo que es arrimar el hombro frente a lo que es arrimar el ascua a tu sardina. Uno hace su tarea y coincide con el vecino, y charla y pregunta por los niños mientras va y viene la escoba, la pala o el bote de pintura para la escuela. Hacemos colectivo a golpe de implicarnos en él.

Cada vez que nieva y veo la calle sin voluntarios, recuerdo cuando muchas cosas las hacíamos nosotros mismos, como limpiar casa, portales, escaleras y hasta calles.

 

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