Despacito

Publicado en Diario de Noticias de Álava el domingo 15 de octubre de 2017

Dice la gente, la de aquí y la de afuera, que no entiende esa tendencia que tiene la ciudad de parar todo lo que arranca. Y no deja de ser cierto que sea lo que sea lo que uno proponga en este municipio, la respuesta más plausible y hasta acostumbrada es la que tiende a pararlo y a que no se mueva nada. Somos de ritmo cansino y más detenedores que emprendedores. Pero nada de esto ocurre porque sí, de forma gratuita y hasta impremeditada. Estamos educados así, a golpe de semáforo, y lo estamos desde chiquitos y andemos como andemos. Porque si lo pensamos con detenimiento, ahora que lo hemos descubierto, lo mismo da que vaya uno en coche, a pie o en bicicleta. Es más, lo mismo da que vaya o vuelva, que cruce o siga tieso; el objetivo final y hasta único de la regulación semafórica de nuestras calles no es otro que el de detener todo lo que se mueve y hacer de nuestro transitar un “tránsitus interruptus” que dirían los latinos. ¿Cómo se explican si no esos momentos de reflexión que nos regala el semáforo en rojo que nos encontramos a la puerta del colegio para dejar que crucen los niños un domingo de agosto al mediodía? Y esos momentos en los que desde nuestros coches nos contemplamos unos a otros todos parados en todas las direcciones esperando a que pase esa avalancha de peatones a las dos de la mañana de un martes de invierno, ¿que otra razón podrían tener que no fuese la de enseñarnos a calmarnos? Y de cuando vamos andando no digamos nada. Hay amores en Vitoria que han surgido de las relaciones que pueden hacerse esperando a que se ponga el muñequito verde. Todo aquí invita a detenerse. Por eso no es de recibo que, cuando uno por fin encuentra cosas que deberían detenerse y lo dice, le llamen a uno retrógrado, como si el que lo dice no circulase por la ciudad en que vivimos y lo mismo le diese un tranvía que un patín eléctrico.

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