Raices

Publicada en Diario de Noticias de Álava el 30 de septiembre de 2014

En la Vitoria-Gasteiz que honra al Celedón que baja del cielo y profana al que aterriza en el suelo hay otro personaje que comparte con él raíz aunque no fama. Celedonio Unzalu, el Kele, como él mismo gustaba llamarse. El Kele no tiene calle en Vitoria, ni siquiera una estatua de bronce como Ken Follet. A Celedonio Unzalu no le recuerdan ni los suyos, los padres marianistas que nos llevan de excursión por su 125 aniversario. Al Teixi ya le dediqué unas líneas, pero la sombra del Kele es más alargada y más profunda. Celedonio Unzalu me dio clases a final de los setenta, como había dado clases a mi padre en los cincuenta. Porque yo estudié en marias, y también mi padre y mi hermano. Ellos están en sus orlas correspondientes, yo me retiré dos cursos antes de acabar al recién nacido instituto Los Herrán y me quedé sin orlar pese a mis nueve años de paciente alumno.

Mi padre comparte marco con muchos compañeros, de los que apenas un puñadico de supervivientes, discretamente y en silencio, lejos de micros y plumas, volvieron a juntarse la semana pasada en torno a una mesa. Marianistas de toda la vida en esta ciudad de todas las vidas en la que hubo un tiempo en el que para los de marias solo había marias y para los de coras, coras. Había internos y medio pensionistas. Había una catedral en obras. Había una sequoia y una capilla más grande que una iglesia. Había bocadillos de pan con chocolate que nos daba sor Celia, y había profesores y alumnos compartiendo un edificio que crecía dejando un reguero de recuerdos y algún que otro castañazo. Y en sus raíces, las del cole de nuestras venturas y desventuras, muchas vidas de toda la vida que, como la del Kele, se quedaron sin calle; como la de los de la quinta de mi padre, la del 52, sin entrevista; o como la mía sin el rinconcito modesto de una orla en la que dejar una fotografía.

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