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¿Qué es ser agradable?

Autor javier vegas | Fecha: Agosto 27, 2010 | Comentarios: No hay comentarios

Las barras de los bares son, además de un templo permanente a Baco o a Dionisos, un foco incesante de vida. Bueno, un foco o un reflejo, no lo tengo claro. A veces, desde dentro, tienes la sensación de ser talmente Platón asomado a la caverna. Los clientes y sus vidas son entonces poco más que sombras categóricas que van conformando la idea del mundo en todo su esplendor y en toda su miseria. Otras en cambio la sensación se acerca más a la del cine bélico, y te encuentras agazapado en tu trinchera esquivando tiros y aguantando explosiones, contraatacando cuando es posible pero aislado frente al mundo en tu fortín como un numantino sitiado, un Guzmán el bueno (nunca entenderé este apodo), o en el mejor de los casos un Agripa en su Massada. Las hordas te rodean y te aslatan y tu repartes como puedes acietes hirviendo y pócimas infernales con que neutralizarlos, ¡pero que va! Lejos de calmarse se exasperan y renuevan sus ataques.

Hay veces en que echas de menos la rejilla, el rosario y la estola mientras aguantas a la espera de un cliente que te salve las confesiones del cliente solitario. Otras, más laicas pero no por ello menos prosaicas, ves como el taburete se convierte en sofá y tu cuaderno comandero se vuelve bloc de notas y ahí estás, paciente contra psiquiatra buscando la manera de aliviar las penas o encontrar las causas. Al final nunca arreglas nada, más que nada porque la gente no quiere que lo arregles, normalmente buscan a alguien que no pueda escaparse a quien soltar su penas.

Otras eres comerciante, otras habil negociador, otras cicerone, otras experto en deportes o en viajes, pero casi siempre, como antes decía, hay una cosa en común… csi nadie te prgunta por saber más, sino para que le des la razón.

Pero aún así hay días y momentos que te compensan por otros muchos sinsabores. A mi me pasó el otro fin de semana mientras echaba una mano nocturna en el negocio familiar. En medio de la vorágine de copas, bajo el burlón mirar de los halógenos, al abrigo de las últimas alegrías musicales del momento, mientras atiendes a unos y a otros me llama un caballero al que acompañaba una dama, dos de los pocos rostros desconocidos en el panorama y me dice: ¿te puedo hacer una pregunta? Mal asunto, me digo yo, porque eso casi siempre te lleva a algú problema. Claro que, hay que decir que sí. Y va el tío y me pregunta ¿qué es ser agradable? No tengo muy claro lo que le contesté, en varias entregas eso sí, y recuerdo que la última fue algo así como “bueno y ya con ésta dejo de intervenir, porque no quiero pasar de ser un agradable camarero a un impertinente pesado” Y los tres nos entendimos. Me pareció gente agradable. Posiblemente yo a ellos también. Ahora sólo me queda saber que es exactamente eso. Pero eso será otro día…

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