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¿Somos una plaga?

Autor javier vegas | Fecha: Noviembre 2, 2007 | Comentarios: No hay comentarios

Publicado en Diario de Noticias de Álava el 11 de noviembre de 2007 

Publica hoy el Diario de Noticias de Álava una curiosa incidencia ocurrida en uno de esos singulares rinconcitos alaveses. En esta ocasión el sitio es Jugo. El motivo un reportaje sobre una hermosa ermita. El efecto una auténtica invasión. El problema una eterna, recurrente y difícilmente resoluble cuestión.

La cuestión es sencilla en su planteamiento, pero a partir de ahí la sencillez deja paso a muchas preguntas cuya respuesta no siempre es fácil ni simple. A menudo, los sitios dignos de visita lo son en tanto que aparecen a nuestros ojos como un descubrimiento solitario que nos devuelve por un momento nuestra atávica vocación de pioneros y que refuerza nuestra identidad como indivíduos singulares. El problema es que como somos muchos más los descubridores y los individuos que los sitios disponibles, nos lanzamos en grupo a la conquista de la soledad y acabamos siempre igual. O destrozamos el sitio y sus encantos, o conseguimos que se prohiba o dificulte su acceso.

Es un poco como lo que ocurre en las costas. Todos queremos primera línea de playa y poder ver el mar desde nuestra ventana. Así que sólo caben dos posibilidades, o ponemos muchas ventanas, lo que significa que nos cargamos la segunda, tercera, cuarta y cuantas líneas de playa sean necesarias, o limitamos ese privilegio a unos pocos, y en una economía de libre mercado, por aquello de la oferta y la demanda, generalmente esos pocos son los que más recursos tienen.

Con sitios como el que nos ocupa, cuando los descubrimos por azar, o por recomendación, o incluso por metódica investigación, también tenemos un par de posibilidades. Dejamos de lado conceptos como solidaridad, altruismo, generosidad, y, cargados de egoismo no sólo no los compartimos, sino que incluso borramos las huellas que nos llevan a ellos para que nadie más que nosotros los disfrute, para que nadie los corrompa, o actuamos como buena gente, los compartimos y, como decía antes, nos los cargamos.

Claro que, visto de otra forma, ¿para qué sirven los sitios si no podemos visitarlos, si no podemos disfrutarlos? ¿Quién tiene la legitimidad suficiente para decidir quién cómo y cuándo puede o no acceder a estos sitios? ¿Es justo que sólo élites de ecologistas, investigadores, lugareños o ricos hacendados puedan disfrutar de recursos naturales y por tanto universales?

Yo no lo sé, ni creo que haya una respuesta sencilla. Se me ocurre, eso sí, que una buena educación puede ayudar mucho en este campo. Una educación que nos haga, en el caso alavés especialmente, a comprender el territorio como algo vivo e importante, como algo más que un enorme parque que rodea a una ciudad como Vitoria, como algo que tiene sus propias constantes vitales, sus propios mecanismos y reglas y adonde no se puede ir como al Boulevard o al Gorbeia. Vamos, que si queremos que se respete el universal derecho a la visita, debiéramos primero ser conscientes de lo que somos, visitantes, y todos sabemos lo que nos molestan esas visitas que llegan a nuestra casa, tiran la ropa donde quieren, cogen el mando a distancia y entran sin reparo en nuestra cocina y en nuestra intimidad, vaciando neveras y profanando armarios y cajones. Pues eso, que a los sitios les pasa lo mismo.

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