En un rincón semioculto
Autor javier vegas | Fecha: Agosto 15, 2007 | Comentarios: No hay comentarios
Publicado en Diario de Noticias de Álava el 2 de Septiembre de 2007
Forma parte de mis recuerdos de infancia y juventud, las sobremesas aquellas de las excavaciones arqueológicas en las que de la mano de Zoilo Calleja repartíamos ejemplares del cancionero alavés aquel que editaba la caja y propios y extraños nos lanzábamos a cantar una tras otra las melodías de Donnay, Aranburu, Iradier y otros.
Uno de los momentos cumbre era cuando arrancábamos con aquello de “En un rincón semioculto de la cámpiña alavesa hay un humilde molino de bella rusticidad, dos molineros ancianos y una nieta a quien adoran tránquilas pasan las horas escuchando al molino cantar…”. Era el molino de Legardagutxi.
Desde que vivo en La Puebla, uso con frecuencia el tren y veo a diario las ruinas del molino aquel en un rincón que cada vez es menos semioculto, acosado por el tren y la nueva N-1, sintiendo cada vez más cercano el desarrollo de Jundiz. El otro día, aprovechando el tiempo que estas fechas nos ofrece, cogí mi coche, pasé frente a la depuradora de Crispijana, cruce bajo la autovía y me acerqué a las ruinas en pleno safari fotográfico.
Me ortigué, me raspé con las zarzas y conseguí algunas fotos de las ruinas que espero en breve colgar en la red. Todavía se aprecia el arco por el que salía el agua una vez aprovechada su energía, la situación de la puerta de acceso, las paredes este y oeste y parte de la estructura interior del molino. Eso sí, todo rodeado de zarzas y maleza y ortigas y hiedras que hacen prácticamente invisible lo que queda de este y de muchos otros molinos que en su día fueron centro de actividad y vida.
Cuando volvía para casa, sentí cierta pena por el asunto. Y es que muchas veces nos preocupamos por las cosas espectaculares, por las que dan rendimiento e imagen y nos olvidamos de estas pequeñas cosas que lejos de ser insignificantes encierran muchos significados y muy cercanos además.
Cuando se nos llena la boca hablando de la recuperación del Zadorra, de sus riberas y de su propia historia como eje vital de la llanada, no deberíamos olvidar espacios como este, en el que aún estamos a tiempo de salvar lo que queda y como se dice ahora… ponerlo en valor, tan cerca de Vitoria como está y tan olvidado. Eso sí, algún día alguien tendrá la ocurrencia de salvarlo y para entonces ya no habrá más que un montón de piedra bajo los matojos.
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