Un recuerdo pretecnológico
Autor javier vegas | Fecha: Octubre 22, 2006 | Comentarios: No hay comentarios
Como todos los recuerdos, como los recuerdos antiguos, lo que contaré a continuación es posible que no responda exactamente a la realidad, pero así es como figura en mi mente, así es como lo recuerdo y es por tanto así, como para mi es cierto. Y si no lo es, tampoco importa demasiado, es así como me gusta recordarlo.
Fué un día de reyes, un 6 de Enero. En mi casa era costumbre abrir los regalos y desayunar. Era el único día del año en el que se desayunaba en familia, en la mesa del salón. El resto del año íbamos desayunando según nos levantábamos y lo hacíamos en la cocina. Pero esa mañana no. En la mesa del salón, con vajilla de domingo, y el roscón de reyes de los macizos, no de esos con nata que tanto se estilan hoy en día.
Cuando terminábamos el desayuno, se recogía la mesa y encima sólo quedaba el haba y la figurita del roscón. Entonces cada uno cogía sus regalos y jugaba en el suelo o en la mesa, ojeaba sus libros, guardaba sus pañuelos, y esperábamos juntos a que llegase la hora para pasar a casa de mi abuela Clemen.
Así era todos los años, pero el que hoy recuerdo fue especial. Todos los años había algún regalo para “la familia”, algo que hacía falta comprar, o que no hacía ninguna falta a nadie y que por eso se colocaba sin nombre. Aquel año abrimos la caja y asistimos atónitos a la primera incursión de la tecnología en nuestro hogar. Era una calculadora casio. Descomunalmente grande para lo que hacía, pero milagrósamente eficaz para nuestro repertorio tecnológico. Sólo realizaba funciones simples, cuyo resultado mostraba en un display, y requería una pila de aquellas de 9 voltios.
En cualquier caso era asombroso, ponías una cantidad, le dabas a la tecla más, ponías otra, le dabas a la tecla igual y las sumaba inmediatamente. ¡Hasta multiplicaciones hacía! Mi abuelo Pablo había sido toda su vida oficinista, sumaba y restaba y multiplicaba con una velocidad y precisión increible. Tanto era así que cuando venía el pedido del ultramarinos de la Luisita, mi abuelo repasaba la cuenta, escrita a mano, con números preciosos, y a veces encontraba discrepancias hasta de céntimo (de peseta).
El caso es que a mi abuelo la máquina aquella le produjo cierta desconfianza, y así como otros años a esas horas después del desayuno examinaba su nueva colección de novelas de Estafanía, si de aquellas que cabían “en el bolso” de la gabardina, se dedicó con intensidad a poner a prueba a la totalidad de los ingenieros japoneses que se escondían detrás de aquellos leds. Armado con papel y lapiz, en una libreta de aquellas de Santiago Fernandez materiales de construcción, de las que aún creo que queda alguna por casa, comprobaba las duras pruebas a las que sometía al artefacto, y comprobaba, yo creo que un poco disgustado, que no se equivocaba nunca.
Es un recuerdo infantil, que visto desde hoy es algo más que eso, es la sensación de haber vivido en primera persona el final de una época y el inicio de otra, fue como asistir al final de la era pretecnológica.
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